Mathías Goeritz en Monterrey

El arquitecto Eduardo Padilla Martínez-Negrete (1927-2016) publicó asiduamente en las páginas editoriales del periódico El Norte durante la última década del siglo XX. De entre sus editoriales, recuperamos para los lectores de Patrimonio Moderno el extraordinario y valioso texto “¡Aquí te quedas Mathías!”. En él, el arquitecto Padilla nos habla de su relación con Mathías Goeritz, el gran promotor de la “arquitectura emocional”, así como la relación del impulsor de la abstracción constructiva con Monterrey. El texto es escrito y motivado después de visitar la exposición de Mathías en el museo MARCO.

 

Durante su destacada trayectoria, Eduardo Padilla logró conjugar belleza e imaginación, tradición y vanguardia. No es posible escribir la gran historia del Patrimonio Moderno regiomontano sin sus importantes aportaciones en la arquitectura religiosa, industrial y residencial. André Breton nos habló de la relevancia de los “vasos comunicantes”, de “retener de la vida despierta lo que merece ser retenido”. El presente texto merece ser conservado y leído. Honra la memoria del arquitecto Padilla y paga un poco la deuda que tenemos todos los que hemos disfrutado y apreciado su obra.

 

 

 

¡Aquí te quedas Mathías!

 

Por Eduardo Padilla Martínez-Negrete

(1927-2016)

 

Regreso de ver a mi amigo Mathías en Marco, con sus ecos, obras, mensajes trascendentes y su manifiesto dirigido a la arquitectura emocional que exalta el estado interior del hombre. La exposición, espléndidamente montada, junto con el catálogo y los Ensayos y Testimonios, resulta una cátedra de ética, arte y arquitectura que no nos debemos perder. Nadie que se estime a sí mismo, a los suyos y a su ciudad se la puede perder.

 

Mathías emerge sacudiéndose las cenizas de la Segunda Guerra Mundial. Harto de sus causas, efectos y resultados, se convierte en el promotor de la solemnidad y la renovación artística por dondequiera que anduvo. Nació en Danzig, en 1915, pero toda su niñez y juventud se desarrolló en Berlín. En el 41 decide radicar en España, donde descubre y se deslumbra con las pinturas rupestres de Altamira; tanto, que funda una escuela con el mismo nombre. De ahí viene a México. Durante mis vacaciones de Navidad en Guadalajara, en 1949, me lo presentó Carmen Silva —quien después habría de ser la mamá de mis ocho hijos— en la casa de Jorge Matute Remus, entonces Rector de  la Universidad de Guadalajara. Mathías tenía apenas unas semanas de impartir la cátedra de Historia del Arte en la recién fundada Escuela de Arquitectura de la citada institución. Me llamó la atención, aparte de que compartíamos la misma estatura, su español fluído con todo y las “egghes” de los alemanes. Tenía un inalcanzable optimismo, además de su generosidad y creatividad. Con la vehemencia de la reflexión compartida, la comunicación se hizo fácil. Nunca importó el lapso entre la plática anterior y la siguiente; siempre hubo continuidad, por lo que surgió de ahí una amistad que permaneció hasta su partida.

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Fue tal mi cariño y admiración hacia él, que en la fachada de nuestra casa de Pánuco 333 empotramos una pieza suya que duró ahí más de 40 años hasta que hace un mes su actual dueño la destruyó ignorando lo que hacía. Durante su paso por México nos enseñó que donde no hay un sentido comunitario cristiano no hay fe, y donde no hay fe no hay arte. Nos enseñó a ver el arte como origen y destino del estado interior del hombre. Caminó con la crítica bajo el brazo tanto en los actos de él mismo como en los actos de los demás; único medio para obtener opciones, descubrir, abrir y explorar nuevos caminos exclamándole a la mediocridad: “¡Estoy harto de mi propio yo, que me repugna más que nunca cuando me veo arrastrado por la aplastante ola del arte menor, así como cuando siento mi profunda impotencia!”

 

En otras frases de él aprendimos que de seguro, desde que Dios está declarado muerto, resulta fácil vivir sin Dios, sin catedrales, sin amor; vivir en el mundo nuevo es crear, no copiar. Crear libremente. No negar, sino reconocer. Aceptar. Llevar el espíritu y el corazón abiertos y crear con alegría. “¡Menos inteligencia y más fe!”. Mathías Goeritz nos urgía a no dejar de contemplar el arte, y en particular a la arquitectura. Nos invitaba a leer y ver a través de ella al ser humano que la habita, de lo contrario, ésta no existía. “El último fin de toda actividad plástica es la arquitectura”, decía, e insistió que la arquitectura debía de ser la catedral artística del Siglo 20. Consideró la ética como el valor más importante del ser humano, coincidiendo con varios artistas europeos; consignándola como un manifiesto. Para él, sólo recibiendo de la arquitectura emociones verdaderas el hombre podía considerarla como un arte. Las Torres de Satélite para él eran pintura, escultura, arquitectura emocional. Un absurdo romántico dentro de un siglo sin fe que eran y son un rezo plástico.

 

¿Qué dejó Mathías en Monterrey? Hasta finales de los años sesenta logramos que viniera a colaborar en nuestro proyecto del edificio de Financiera de Nuevo León, donde tapizó un muro con más de 50 serigrafías y produjo 14 piezas de más de seis metros de altura, cada una formando una celosía escultórica en color naranja quemado. El muro desapareció, pero la celosía es la obra de mayor tamaño de la presente exposición. Por cierto, sólo 12 de ellas fueron extrañamente pintadas de blanco y encerradas en el traspatio de Marco donde nadie las ve. Ojalá que se reubicaran en la fuente del patio principal o en el vestíbulo. La humildad de Mathías les dio forma en diálogo con los apoyos de la obra todavía en pie. Hoy son propiedad de Afirme. Goeritz volvió a firmarlas durante el período del Gobernador Luis M. Farías, a quién dio su opinión acerca de la ciudad: hay que pintar de colores vivos cada una de sus miles de chimeneas; hacer del paredón de Las Mitras un bajorrelieve gigantesco, y crear la Avenida de la Cultura, desde la entrada de Santa Catarina hasta el Aeropuerto Mariano Escobedo, con artistas de renombre. Con esta idea en mente nos heredó las seis esculturas urbanas que admiramos ahí.

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Existen también un muro de acero policromado en Hylsamex, así como innumerables piezas de pintura y escultura en colecciones privadas de nuestra ciudad. Mathías Goeritz vivió así, casi siempre despeinado y sonriente. Con la prisa y la alegría que dan la fe y la certeza, aunque también sufriendo los peñascazos contra los que se atrevían a pensar por cuenta propia y que trataron de arrebatar sus Torres de Satélite. Las personas valiosas y queridas sólo se van con el olvido, pero tu, ¡Aquí te quedas Mathías!

 

—Texto publicado en la Sección Editorial del periódico El Norte el 26 de Mayo de 1998.

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(01) Mathíaz Goertiz.
(02) Mathíaz Goertiz durante proceso de diseño de las Torres Satélite en Ciudad de México.
(03,04) Mathíaz Goertiz en su estudio.
(05,06) Antiguo edificio de la Financiera Nuevo León construido en 1969. Fotos: © The Raws 2018. Actualmente Banco Afirme, en remodelación por Taller co2.
(07) Veintidos torres para Fundidora Monterrey, 1975. Cartulina ilustración ensamblada y policromada. © Galería La Caja Negra.

PERSONAJES INVOLUCRADOS:

Arquitecto

Eduardo Padilla Martínez-Negrete

Escultor

Mathías Goeritz

EMPRESARIO

Jesús J. Llaguno

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